“Eso lo puede pintar un niño.”
¿Seguro?
Probablemente sea una de las frases más repetidas delante de un cuadro abstracto. Ves una mancha, cuatro líneas, un chorretón de pintura y alguien suelta: “Eso lo hace mi hijo.”
Sí. Un niño puede hacer una mancha. La cuestión es qué coño haces con ella después.
¿Puede un niño pintar arte abstracto?
Sí.
Claro que puede.
Un niño puede coger un pincel, tirar pintura, hacer una mancha, dibujar una línea o llenar un lienzo de colores.
Y además puede hacer cosas visualmente brutales.
Precisamente porque un niño todavía no tiene muchos de los prejuicios que acumulamos los adultos.
Pinta.
Prueba.
Se equivoca.
Hace algo inesperado y sigue.
Perfecto.
Pero de ahí a decir que cualquier cuadro abstracto puede hacerlo un niño hay un salto bastante grande.
Una cosa es ser capaz de hacer el gesto. Otra muy distinta es saber por qué ese gesto tiene que estar ahí.
¿Por qué el arte abstracto parece tan fácil?
Porque vemos el resultado.
No vemos las decisiones.
Ves una línea negra atravesando un lienzo y piensas:
“Eso lo hago yo.”
Pues probablemente sí.
Puedes hacer una línea negra.
La pregunta es:
¿qué grosor?
¿Dónde empieza?
¿Dónde termina?
¿Qué ocurre alrededor?
¿Cuánto espacio necesita?
¿La dejas?
¿La tapas?
¿La repites?
¿Has mejorado el cuadro o acabas de joderlo?
Ahí empieza la pintura.
Hacer algo parecido no significa hacer lo mismo
Te pongo un ejemplo bastante sencillo.
Yo puedo darle una patada a un balón.
Incluso alguna puede salir de puta madre.
Pero eso no me convierte en futbolista profesional.
Porque estamos confundiendo hacer un movimiento con dominar un lenguaje.
En pintura ocurre exactamente lo mismo.
Puedes copiar una mancha.
Puedes imitar un chorretón.
Puedes comprar los mismos colores.
Incluso puedes conseguir algo bastante parecido visualmente.
Pero una obra no es únicamente la suma de esos elementos.
También importa cómo se relacionan.
El ritmo.
El equilibrio.
La tensión.
Los vacíos.
Lo que sobra.
Y, sobre todo, el criterio para saber cuándo parar.
¿El arte abstracto tiene reglas?
Sí. Lo que pasa es que muchas veces no las ves.
El arte abstracto no es hacer lo que te salga de los cojones
Bueno.
Poder puedes.
Otra cosa es que funcione.
En una pintura abstracta también hay composición.
Hay pesos.
Hay ritmo.
Hay zonas que necesitan respirar.
Hay otras que necesitan tensión.
Hay colores que se entienden de puta madre y otros que se pegan de hostias.
Puedes trabajar con accidente, improvisación y espontaneidad.
Yo lo hago.
Pero después llega la decisión.
Esa es la parte que desde fuera muchas veces no se ve.
La libertad en pintura no consiste en no tener criterio. Consiste en tener suficiente criterio para saber cuándo puedes romperlo.
¿Cómo saber si un cuadro abstracto es bueno?
Aquí viene la parte complicada.
No existe un aparato que acercas al cuadro, pita tres veces y dice:
“Correcto. 8,7 sobre 10. Buena obra.”
Ojalá.
Nos ahorraríamos discusiones de cojones.
Pero sí puedes empezar a mirar determinadas cosas.
Cómo se relacionan las distintas zonas de la obra.
Cómo se mueve tu mirada por el cuadro.
Qué ocurre entre elementos, masas, líneas y vacíos.
Qué papel desempeña y cómo interactúa con lo demás.
Qué está ahí porque debe estar y qué parece simplemente ruido.
Si hay algo que empiece a pertenecer realmente al artista.
Y después está tu experiencia como espectador.
Porque puedes reconocer que una obra está muy bien construida y que no te guste absolutamente nada.
También eso es válido.
¿Hace falta saber dibujar para pintar abstracto?
Esta pregunta aparece muchísimo.
Y creo que detrás hay otra idea:
“El que sabe pintar hace realismo. El que no sabe, hace abstracto.”
Pues no.
Saber dibujar de forma académica es una herramienta brutal.
Igual que conocer teoría del color, composición, materiales o técnicas.
Cuantas más herramientas tengas, mejor.
Pero ser capaz de reproducir perfectamente una cara no te convierte automáticamente en mejor artista.
Te convierte en alguien que domina extraordinariamente esa técnica.
Después queda otra pregunta:
¿Qué coño haces con todo lo que sabes?
¿Por qué algunas pinturas abstractas parecen infantiles?
Porque a veces comparten algo que me interesa muchísimo:
la espontaneidad.
Un niño normalmente no está pensando:
“Voy a crear ahora un gesto de gran intensidad dentro de una estructura compositiva posmoderna.”
Gracias a Dios.
Hace una línea porque quiere hacerla.
Cambia de color.
Se sale.
Mancha.
Rompe una forma.
Sigue.
Esa libertad puede ser maravillosa.
Y de hecho los artistas adultos muchas veces pasamos años intentando recuperar cierta capacidad para actuar sin analizar absolutamente cada movimiento.
Pero hay una diferencia.
Cuando un artista maduro consigue ser espontáneo, muchas veces detrás de esa espontaneidad hay cientos de decisiones anteriores.
Años trabajando para conseguir que algo vuelva a parecer natural.
El accidente no pinta el cuadro
A mí me interesa muchísimo el accidente.
Una gota cae donde no debería.
Dos colores se mezclan.
Aparece un chorretón.
Una mancha rompe lo que tenías pensado.
Perfecto.
Ahí puede empezar algo buenísimo.
Pero el accidente no sabe qué hacer después.
Yo sí tengo que decidirlo.
¿Se queda?
¿La tapo?
¿Cambio el cuadro entero alrededor de ella?
¿La repito?
¿O digo: “Esto es una puta mierda” y desaparece?
El azar puede proponerte algo. El artista decide si merece quedarse.
“Pues yo puedo hacerlo.”
Esta es mi parte favorita.
Cuando alguien mira un cuadro abstracto y dice:
“Esto lo hago yo.”
Mi respuesta es bastante sencilla:
No lo digo para vacilar.
Hazlo de verdad.
Coge un lienzo.
Ponte delante.
Haz esas cuatro manchas que parecen tan fáciles.
Y después intenta conseguir que el cuadro funcione.
Que no parezca simplemente pintura tirada.
Que tenga equilibrio.
Que tenga tensión.
Que puedas quitar algo y empeore.
Que puedas añadir algo y sepas cuándo te lo estás cargando.
Y, si sigues pintando durante años, intenta además conseguir que alguien vea una obra sin mirar la firma y diga:
“Esto es suyo.”
Ahí empieza otra conversación.
¿Entonces qué diferencia la mancha de la obra?
Para mí, el criterio.
Una mancha puede aparecer por accidente.
Puede hacerla un niño.
Puede hacerla un adulto.
Puede hacerla alguien que jamás ha cogido un pincel.
Y puede ser preciosa.
Pero construir una obra implica empezar a tomar decisiones sobre todo lo que ocurre alrededor.
Y esas decisiones, repetidas durante años, terminan construyendo algo todavía más difícil:
un lenguaje propio.
Ahí es donde deja de importarme si técnicamente alguien podría reproducir una mancha concreta.
Porque ya no estoy mirando solamente la dificultad de hacerla.
Estoy mirando por qué está ahí.
¿Eso lo puede pintar un niño?
Sí.
Un niño puede hacer una mancha parecida.
Incluso puede hacer una mancha mejor.
Y me parece cojonudo.
Pero utilizar eso para decidir si una obra abstracta tiene valor es quedarse únicamente con la superficie.
Porque la pregunta interesante no es:
“¿Quién podría hacer esa mancha?”
La pregunta interesante es:
“¿Quién sabe qué coño hacer con ella?”
Hacer que importe, no. — KASTRO